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28 de noviembre 2007
Kemal Dervis por el lanzamiento del Informe sobre Desarrollo Humano

Alocución de Kemal Derviş, Administrador del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo en ocasión de la presentación del Informe sobre Desarrollo Humano 2007/2008, “La lucha contra el cambio climático: solidaridad frente a un mundo dividido”


Excelentísimo Sr.Presidente, Luiz Lula da Silva;
Señor Ministro de Relaciones Exteriores, Celso Amorim;
Señor Ministro de Desarrollo Social, Patrus Ananias;
Secretaria de Estado para la Cooperación Internacional, Leire Pajín;
Señor Ministro de Ciencia y Tecnología, Sergio Rezende;
Señora Ministra de Ambiente, Marina Silva;  Señor
Director de la Oficina del Informe de Desarrollo Humano, Kevin Watkins; Distinguidos invitados e invitadas:


Es un verdadero honor estar aquí en Brasilia para la presentación mundial del Informe sobre Desarrollo Humano 2007/2008 titulado “La lucha contra el cambio climático: solidaridad frente a un mundo dividido”. En primer lugar, deseo expresar mi sincero agradecimiento al Presidente Lula y al Gobierno del Brasil por su gentileza en ser los anfitriones de este acontecimiento. Se trata de una nueva muestra del compromiso del Brasil de dar respuesta a uno de los retos más urgentes de nuestro tiempo: el cambio climático y sus consecuencias para el desarrollo humano.

I. Aspectos científicos del cambio climático
 
Todos sabemos que el cambio climático es un hecho comprobado científicamente. El comité del Premio Nobel de la Paz reconoció en octubre pasado que la labor del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas durante los últimos 20 años, expuesta recientemente en su informe de recopilación, ha sido decisiva para alcanzar un consenso cada vez mayor sobre la magnitud de los cambios que se están produciendo en el clima mundial, la relación entre las actividades humanas y el cambio climático, y los efectos de éste.

Aunque las consecuencias exactas de las emisiones de gases de efecto invernadero son difíciles de predecir, actualmente sabemos lo suficiente para reconocer que hay peligros enormes, potencialmente catastróficos. Entre éstos figuran el derretimiento de las capas de hielo en Groenlandia y la Antártida occidental (que podrían dejar bajo el agua a muchos países), una enorme pérdida de la diversidad biológica y cambios en el curso de la corriente del Golfo, que alterarían seriamente los patrones climáticos y constituirían un riesgo para toda la humanidad.

 Como se señala claramente en el Informe sobre Desarrollo Humano 2007/2008, nuestra respuesta actual al cambio climático tendrá consecuencias por lo menos durante los próximos cien años. Los gases que producen retención térmica que emitiremos a la atmósfera en 2008 permanecerán allí hasta después del año 2108. La parte del cambio climático causada por las emisiones de gases de efecto invernadero no es reversible en el futuro cercano. Por consiguiente, como comunidad global que comparte un planeta, debemos tomar ahora las decisiones que afectarán nuestra vida y, muy especialmente, la de nuestros hijos y nietos.

Una auténtica preocupación sobre los efectos del cambio climático sobre las generaciones futuras nos obliga a adoptar medidas ahora. Sabemos que el peligro es real. Sabemos que los daños causados por las emisiones de gases de efecto invernadero serán irreversibles durante mucho tiempo. Y sabemos que aumentan cada día que pasa sin que actuemos. Adoptar medidas ahora equivale a contratar un seguro contra posibles pérdidas enormes. El hecho de que no conozcamos con precisión qué probabilidad hay de que estos daños ocurran ni cuándo ocurrirán exactamente, no invalida la necesidad de contratar un seguro.

II. Riesgo y vulnerabilidad de las personas más pobres

Si consideramos que estas amenazas a largo plazo no son suficientes para impulsarnos a actuar, y a actuar rápidamente, la realidad nos demuestra que el cambio climático ya ha comenzado a afectar a algunas de las comunidades más pobres y vulnerables del mundo. Un aumento promedio de tres grados centígrados de la temperatura mundial (respecto de la temperatura de la era preindustrial) en las próximas décadas producirá en determinados lugares una serie de aumentos localizados que podrían duplicar esa cifra. Las consecuencias de un mayor número de sequías, fenómenos meteorológicos extremos, tormentas tropicales y el aumento del nivel del mar se sentirán durante nuestras vidas en extensas superficies de África, muchos pequeños Estados insulares y zonas costeras. El aumento de las sequías, las inundaciones y las tormentas ya está socavando las oportunidades y fortaleciendo las desigualdades. Así pues, aunque el cambio climático es un desafío para todos, se trata, primordial e inmediatamente, de un desafío para los países en desarrollo de latitudes más bajas que deberán hacer frente a las consecuencias del calentamiento del planeta no en los próximos siglos, sino en las próximas décadas.

Aunque muchos países en desarrollo han realizado avances considerables en materia de desarrollo humano y millones de personas salen de la pobreza cada año, los conflictos violentos, la falta de recursos, la coordinación insuficiente y las políticas frágiles siguen obstaculizando el avance del desarrollo, especialmente en África. Es cada vez más evidente que el reto del cambio climático también frenará el desarrollo. Por lo tanto, debemos considerar la lucha contra la pobreza y la lucha contra los efectos del cambio climático iniciativas relacionadas entre sí que se refuerzan mutuamente y, en los casos en que debe lograrse el éxito en ambos frentes, iniciativas conjuntas.

III. Estrategias para la adaptación y la mitigación

Por consiguiente, para responder satisfactoriamente al problema del cambio climático deberá incorporarse la adaptación a las consecuencias del calentamiento del planeta, pues éste afectará considerablemente a los países más pobres aunque se pongan en práctica de inmediato iniciativas firmes para reducir las emisiones. Los países deberán formular sus propios planes de adaptación, pero la comunidad internacional deberá prestarles asistencia. 

Al mismo tiempo que abordamos la adaptación, también debemos comenzar a reducir las emisiones y adoptar otras medidas de mitigación para que los cambios irreversibles que ya comenzaron no sigan intensificándose durante las próximas décadas. Si la mitigación no comienza ahora, los países más pobres no podrán afrontar el costo de la adaptación dentro de 20 o 30 años. Por lo tanto, la estabilización de las emisiones de gases de efecto invernadero para limitar el cambio climático equivale a una póliza de seguro en beneficio de todo el mundo, incluidos los países más ricos. Asimismo, es una parte fundamental de nuestra lucha contra la pobreza y del logro de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. 

Insto, pues, a los dirigentes de todo el mundo a que asignen la mayor prioridad a esta doble meta de las políticas en materia de cambio climático: limitar el cambio climático futuro y ayudar a los más vulnerables a adaptarse a los efectos que ya son inevitables.

Para lograr estas metas, pueden ponerse en práctica distintas políticas.  

IV. Medidas nacionales y cooperación internacional

En primer lugar, es evidente que se necesitan grandes cambios y políticas nuevas y ambiciosas. En segundo lugar, aunque las medidas que se adopten en materia de cambio climático producirán enormes beneficios netos con el correr del tiempo, al comienzo, como en toda inversión, habrá importantes costos de corto plazo. Ello exigirá un liderazgo que trascienda los ciclos electorales, pues las sociedades deberán convenir en el pago de los gastos iniciales para obtener los beneficios de largo plazo, incluidos cambios en los estilos de vida. Uno de estos cambios se vincula con el transporte de las personas, la principal causa del aumento del consumo de petróleo y la fuente de emisiones de dióxido de carbono de crecimiento más rápido. Como se indica en el Informe, tanto los países en desarrollo como los países desarrollados deben cambiar la combinación de combustibles que utiliza el sector del transporte para ajustar las políticas al balance de carbono. Me complace destacar que el Brasil es uno de los ejemplos de mayor éxito a este respecto: una tercera parte del sector del transporte utiliza etanol basado en azúcar, el biocombustible menos contaminante y más económico desarrollado en las últimas décadas. 

Quisiera agregar que, aunque la transición hacia energía y estilos de vida que protejan el clima entrañará estos gastos de corto plazo, también podría haber beneficios económicos además de los que se logren mediante la estabilización de la temperatura. Me refiero a los beneficios que probablemente se produzcan por medio de mecanismos keynesianos y schumpeterianos en virtud de los cuales nuevos incentivos para inversiones masivas estimulan la demanda general, lo que lleva a saltos de innovación y productividad en muchos sectores. Aunque no podamos predecir plenamente la magnitud de estos efectos, tenerlos en cuenta podría dar lugar a un coeficiente elevado entre beneficios y gastos como resultado de buenas políticas en relación con el clima.

En tercer lugar, se reconoce cada vez más que para la formulación de buenas políticas deberán tenerse en cuenta los peligros de depender excesivamente de controles burocráticos. Si bien el liderazgo de los gobiernos es fundamental para corregir la enorme externalidad que representa el cambio climático, deberán utilizarse los mercados y los precios para que las decisiones del sector privado se traduzcan más naturalmente en decisiones óptimas sobre inversión y producción. Es más eficiente utilizar mecanismos de fijación de precios que controles burocráticos. Por ejemplo, la determinación de precios para los gases de carbono y de carbono equivalente debería ser parte fundamental de la política de mitigación para que su utilización refleje su verdadero costo social.
 
Los problemas de política más difíciles de resolver serán los relacionados con la distribución. Los principales responsables del problema, los países ricos, no serán los más afectados en el corto plazo. En cambio, los más pobres, que no han contribuido ni contribuyen significativamente a las emisiones de gases de efecto invernadero, son los más vulnerables. No obstante, se está dejando que los países pobres, que no son históricamente responsables de las emisiones de carbono, aborden los efectos del cambio climático principalmente por sí solos. En los países en desarrollo, 1 de cada 19 personas fue víctima de un desastre relacionado con el clima entre 2000 y 2004, en comparación con sólo 1 de cada 1.500 en los países ricos. La diferencia principal reside en que los países desarrollados tienen los medios y recursos para que el cambio climático no afecte su infraestructura. Entre los países más ricos y los más pobres, muchos países de ingresos medios están pasando a ser emisores importantes en monto global, pero no tienen la misma deuda de carbono con el mundo que han acumulado los países ricos y siguen siendo emisores pequeños per cápita. Los países ricos deben asumir su responsabilidad y contribuir a los gastos adicionales de ayudar a los países de ingresos medios a tomar la senda del crecimiento utilizando energía no contaminante.

Por último, pasemos a la cuestión de los bienes públicos mundiales. Por ser el país en que está la selva amazónica, el Brasil tiene conciencia plena de su enorme valor, que beneficia a toda la humanidad. A nivel mundial, las selvas aportan una amplia gama de bienes públicos mundiales, uno de los cuales es el cambio climático. Por medio de contribuciones financieras para la protección y el mantenimiento de estos bienes, los países desarrollados podrían respaldar incentivos sólidos para la conservación. Deberían formularse mecanismos multilaterales para dichas transferencias, como parte de una estrategia de base amplia para la protección de los bienes públicos mundiales. Por ello, he propugnado la incorporación de un elemento de concesiones en los recursos financieros públicos disponibles para países de ingresos medios, como el Brasil, por parte de instituciones financieras como el Banco Mundial o los bancos regionales de desarrollo.

Según se destaca en el Informe, estamos en el momento justo para evitar los efectos más perjudiciales del cambio climático, pero este momento no durará mucho. Las medidas que se adopten, o no, en los próximos años tendrán importancia decisiva para el curso futuro del desarrollo humano.


Si  no se aprovecha este momento, un aumento de la temperatura superior a dos grados centígrados dejaría a las Bahamas sumergidas bajo el agua, produciría pérdidas de hasta el 60% de la producción de maíz basada en la agricultura de secano en México de que dependen dos millones de agricultores pobres, llevaría a la desaparición de los glaciares que proveen el 80% del agua dulce a las ciudades peruanas y aumentaría el número de casos de dengue en zonas de América Latina en que anteriormente no existía la enfermedad.

El mundo tiene los recursos financieros y la capacidad para desarrollar la tecnología necesaria para actuar. No obstante, carece del sentido de urgencia, de solidaridad y de interés colectivo. 

La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que se celebrará en Bali (Indonesia) la semana próxima es una oportunidad singular para dar a las personas más pobres y vulnerables del mundo importancia prioritaria en la lucha contra el cambio climático. Tal vez no resulte posible alcanzar inmediatamente un acuerdo sobre todas las cuestiones, pero es muy importante lograr el acuerdo suficiente para adoptar algunas de las medidas de política que son necesarias.

Si bien aún vivimos en un mundo en que las personas siguen separadas por enormes brechas de riqueza y oportunidades, aprovechemos la posibilidad de proteger lo único que todos compartimos: el planeta Tierra. Pues en última instancia, nuestros destinos están unidos inextricablemente. 

Muchas gracias.